Me he tomado la libertad de transcribir directamente, una parte del libro El mundo según Monsanto: de la dioxina a los OGM, una multinacional que les desea lo mejor (2008, editorial Península, Barcelona), de la periodista, documentalista y directora de cine francesa Marie-Monique Robin.
Parte III
LOS OGM DE MONSANTO AL ASALTO DEL SUR
Capítulo 12. MÉXICO: APROPIARSE DE LA BIODIVERSIDAD.
[Capítulo completo]
“La presencia accidental forma parte del orden natural.”
MONSANTO, The Pledge Report, p. 15.
“La esperanza de los industriales es que con el tiempo el mercado esté tan inundado que ustedes ya no puedan hacer nada, salvo rendirse.” Esto es lo que declaraba a principios de 2001 Don Westfall, vicepresidente de Promar International, una consultoría de Washington que trabaja para las empresas de biotecnología. Todavía tenía esta frase en la cabeza cuando aterricé en Oaxaca al sur de México, en octubre 2006. Instalada en el centro de un suntuoso paisaje de verdes montañas, la ciudad, considerada una de las joyas del turismo nacional, era entonces víctima de un violento conflicto social.
LA “CONQUISTA TRANSGÉNICA” DEL MAÍZ MEXICANO
En el Zócalo, la magnífica plaza colonial con arcadas, cientos de huelguistas acampaban en familia en tiendas de campaña flanqueadas de banderolas con el nombre de la Asamblea Popular del Pueblo (sic) de Oaxaca (APPO). Las calles del centro histórico estaban obstruidas por barricadas, mientras que el palacio gubernamental, el tribunal, el congreso regional y todas las escuelas del Estado de Oaxaca, considerado uno de los más pobres del país, permanecían cerrados desde hacía semanas.
El conflicto iniciado por una huelga de profesores, se había extendido a todos los sectores de la sociedad, que reagrupados en el APPO, reclamaban que se fuera Ulises Ruiz Ortiz, el gobernador del Estado. Este cacique del Partido Revolucionario Institucional (PRI), corrupto y adepto a los métodos duros, había acabado por ser desautorizado por su propio partido.
“¿Ha venido a cubrir los acontecimientos?”, me pregunta el recepcionista del hotel que ha visto desfilar periodistas de todo el mundo.
“No, he venido por la contaminación del maíz...”; la respuesta provoca la sorpresa de mi interlocutor, que claramente no se la esperaba. En efecto, el 29 de noviembre 2001 la revista científica Nature había publicado un estudio que provocó mucho revuelo y activó la artillería (muy) pesada por parte de… Saint Louis [la autora se refiere a Monsanto]. Firmado por David Quist e Ignacio Chapela, dos biólogos de la Universidad Berkeley (California), el estudio revelaba que el maíz criollo[1] (esto es, tradicional) del Estado de Oaxaca estaba contaminado por los genes Roundup ready Bt.
La noticia era tanto más sorprendente cuanto que México había declarado una moratoria sobre los cultivos de maíz transgénico para preservar la extraordinaria biodiversidad del cereal cuya cuna es este país. Cultivado en efecto desde al menos 5.000 años antes de Cristo, el maíz constituía el alimento base de los pueblos maya y azteca, que lo veneraban como una planta sagrada. Una leyenda india cuenta que los dioses crearon al hombre a partir de una espiga de maíz amarilla y… blanca.
Porque debo decir que como buena europea que soy, para la que el maíz es indefectiblemente amarillo (color oro), me quedé fascinada por la insospechada biodiversidad de las muchas variedades mexicanas. Surcando las comunidades indias del Estado, a cuatro o cinco horas de carretera (destartalada) desde la capital insurgente, me crucé por todas partes con mujeres de faldas abigarradas que ponían a secar delante de sus casuchas magníficas mazorcas amarillas (amarillo pálido), blancas, rojas, violetas, negras o de un sorprendente azul noche, u algunas con la mezcla de varios de estos colores gracias a la polinización cruzada.
“Sólo en la región de Oaxaca tenemos más de ciento cincuenta variedades locales,” me explica Secundino, un indio zapoteca que está recogiendo a mano maíz blanco. “Esta especie, por ejemplo, es excelente para hacer tortillas. Mire esta mazorca, tiene un tamaño muy bueno y hermosos granos. Voy a guardarla como semilla para el año que viene [esto es de llamar la atención, pues Monsanto no permite que las semillas que le son compradas vuelvan a ser utilizadas por el agricultor, es decir, éste tiene qué pagar por más semillas, de lo contrario es demandado por la multinacional, tal como lo expone Marie-Monique Robin en el libro].”
- ¿Nunca compra semillas fuera?
- No – me responde Secundino -. Cuando tengo un problema intercambio con mi vecino, le doy mazorcas para su consumo y él me da semillas. Es el trueque de antes…
- ¿Siempre hacen las tortillas con el maíz local?
-Sí, siempre – sonríe el campesino -. Es más nutritivo porque su calidad es mucho mejor que la del maíz industrial… y además es más sano porque lo cultivamos sin productos químicos...
El “maíz industrial” es, sobre todo, los aproximadamente seis millones de toneladas de granos que afluyen cada año desde Estados Unidos, un 40% del cual es transgénico. En virtud del ALENA, el acuerdo de libre-comercio firmado en 1992 con el poderoso vecino del norte y con Canadá, México no ha podido impedir la importación masiva de maíz: ampliamente subvencionado por la administración de Washington, amenaza la producción local porque se vende dos veces más barato.[2]
Se calcula que entre 1994 y 2002 el precio del maíz mexicano descendió un 44%m lo que obligó a muchos pequeños campesinos a encaminarse a los barrios de chabolas de las ciudades.
“Mire” – me dice Secundino mostrándome como una ofrenda posada en su mano una magnífica mazorca violeta -. “Este maíz era el preferido de mis antepasados…”
-¿Existía antes de la conquista española?
-Sí – suspira el campesino -, y ahora hay otra conquista…
-¿Qué es esa nueva conquista?
-La conquista transgénica que quiere hacer desaparecer nuestro maíz tradicional para que domine el maíz industrial. En ese caso, nos volveremos dependientes de las multinacionales para nuestras semillas. Y nos veremos obligados a comprar sus abonos y sus insecticidas porque sin ellos su maíz no crecerá. A diferencia del nuestro, que crece muy bien sin productos químicos…
EL LINCHAMIENTO MEDIÁTICO DEL BIÓLOGO IGNACIO CHAPELA
“Los pequeños campesinos mexicanos son muy consientes de los desafíos que representa la contaminación genética porque para ellos el maíz no sólo es su alimento base, sino que es también un símbolo cultural,” me explica Ignacio Chapela, el autor del estudio publicado por Nature que me había citado en la famosa explanada de la Universidad de Berkeley, en San Francisco, De aquí fue de donde partió en 1964 el movimiento contra la guerra de Vietnam, que denunció sobre todo las fumigaciones con agente naranja y a los “comerciantes de la muerte”, Monsanto entre ellos.
En este domingo de octubre 2006 está desértico el inmenso campus, en el que normalmente se afanan más de 30.000 estudiantes y unos 2.000 profesores. Sólo un coche de la policía vaga como un alma en pena. “Es por mí,” me dice Ignacio Chapela, “después de este caso se me vigila estrechamente sobre todo cuando voy acompañado de una cámara…” Ante mi aire incrédulo añade: “¿Quiere la prueba? ¡Venga!” Vamos en coche hasta una colina que domina la bahía de San Francisco. Cuando nos dirigimos al punto de vista panorámico, vemos que el mismo coche aparca ostentosamente al borde de la carretera y que permanecerá ahí durante toda nuestra entrevista…
“¿Cómo descubrió que el maíz mexicano estaba contaminado?”, le pregunto bastante preocupada.
- Trabajé durante quince años con comunidades indias de Oaxaca a las que enseñaba a analizar su entorno – me responde el biólogo -, que es de origen mexicano y que trabajó varios años para la empresa suiza Sandoz (convertida en Novartis y después en Syngenta). David Quist, uno de mis alumnos fue allí a animar un taller sobre OGM. Para explicarles los principios de la biotecnología, les propuso comparar el ADN de un maíz transgénico procedente de una lata de conserva traída de Estados Unidos con el de un maíz criollo que se suponía servía de control, porque pensábamos que no existía maíz más puro en el mundo. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa cuando descubrimos que las muestras de maíz tradicional contenían ADN transgénico! Entonces decidimos hacer un estudio que confirmó la contaminación del maíz criollo.
Para hacer el estudio ambos investigadores tomaron muestras de mazorcas de maíz en dos localidades de la Sierra Norte de Oaxaca. Constataron que cuatro muestras presentaban restos del “promotor 35S” que, como hemos visto (véase el capítulo 7), procede del virus del mosaico de la coliflor; ambas muestras revelaban la presencia de un fragmento procedente de la bacteria Agrobacterium tumefaciens y otro de la de un gen Bt. “En cuanto tuvimos los resultados”, comenta Ignacio Chapela, “alertamos al gobierno mexicano, que hizo su propio estudio, que confirmó la contaminación.”
En efecto, el 18 de septiembre de 2001 el Ministerio de Medio Ambiente mexicano anuncia que sus expertos han hecho pruebas en veintidós comunidades campesinas y que en trece de ellas han encontrado maíz contaminado, con un nivel de contaminación comprendido entre el 3% y 10%. Curiosamente, este comunicado pasa entonces desapercibido, mientras que menos de tres meses después el rayo se batirá sobre Ignacio Chapela y David Quist, sin duda a causa de la reputada revista Nature, que publica su artículo a finales de noviembre.
Sin embargo, cuando se lo proponen a la revista británica, ambos científicos son felicitados por la calidad de su estudio, y el proceso sigue su curso normal: se somete al artículo a cuatro revisores que al cabo de ocho meses dan el visto bueno, como recalcará en mayo 2002 East Bay Express: “nadie podía prever la magnitud de la controversia que se iba a producir.” Será de una violencia inaudita, a través de un auténtico linchamiento mediático organizado en gran parte desde… Saint Louis[3].
“En primer lugar,” me cuenta Ignacio Chapela, “hay que entender por qué este estudio desencadenó las iras de los promotores incondicionales de la biotecnología. En efecto, comprendía dos revelaciones: la primera concernía a la contaminación genética que, de hecho, no había sorprendido a nadie, porque todo mundo sabía que acabaría por ocurrir, incluido Monsanto, que siempre se ha contentado con minimizar su impacto.”
De hecho, en su The Pledge la empresa aborda el espinoso tema con una delicadeza infinita, puesto que no habla de contaminación, sino de “presencia accidental que forma parte del orden natural.” “En cambio,” prosigue el investigador de Berkeley, “el segundo punto de nuestro estudio era mucho más serio para Monsanto y compañía. En efecto, buscando dónde estaban localizados los fragmentos de ADN transgénico, constatamos que estaban insertados en diferentes lugares del genoma de la planta de manera completamente aleatoria. Esto significa que, contrariamente a lo que afirman los fabricantes de OGM, la técnica de manipulación genética no es estable, puesto que una vez que el OGM se cruza con otra planta, el transgen revienta y se inserta de manera incontrolada. Las críticas más virulentas se concentran sobre todo en esta parte del estudio, denunciando nuestra incompetencia técnica y nuestra falta de pericia para poder evaluar este tipo de fenómeno.”
El hecho de que los “transgenes sean inestables” tiene “graves implicaciones”, comenta Science en marzo 2002: “dado que el comportamiento de un gen depende de su lugar en el genoma, el ADN desplazado podría crear unos efectos absolutamente imprevisibles.” “Esto mina la premisa fundamental según la cuál la manipulación genética es una ciencia exacta y segura.”, va aún más lejos tres meses después, una periodista del East Bay Express: “este estudio es puro misticismo disfrazado de ciencia”, replica Matthew Metz, ex alumno de Chapela en Berkeley convertido en microbiólogo de la Universidad de Washington y que denigrará a Ignacio Chapela y a David Quist hasta el punto de pretender que habían caído en la trampa de los “falsos positivos” debido a la “contaminación de su laboratorio”…
-¿De dónde vino la ofensiva? - pregunté a Ignacio Chapela.
-De dos lugares - murmura -. En primer lugar de los colegas de Berkeley con los que me había enfrentado en el pasado a propósito de un contrato de 25 millones de dólares que mi departamento había firmado en 1998 con Novartis-Syngenta, para quien yo había trabajado antes. Este contrato de cinco años daba a la empresa derecho a depositar patentes de un tercio de nuestros descubrimientos. Esta historia había creado dos clanes en Berkeley en los que se oponían dos concepciones antagónicas de la ciencia: a un lado, quienes como yo, quieren que siga siendo independiente; y al otro quienes están dispuestos a vender su alma para obtener financiaciones…
En junio 2002 la revista New Scientist identificó a estos “colegas” que en diciembre de 2001 habían escrito una carta incendiaria a Nature en la que pedían a la revista que desautorizara el artículo. Algo nunca visto, se llamaban Matthew Metz, ya citado, Nick Kaplinsky, Mike Freeling y Johanns Futterer, un investigador suizo cuyo jefe era Wilhelm Grussem y que trabajaba en Berkeley, donde se le consideraba unánimemente el hombre que aportó Novartis a Berkeley.”
“Pero la peor campaña vino de Monsanto,” suelta Ignacio Chapela, “que evidentemente había recibido una copia de nuestro estudio antes de que fuera publicado.”
LAS PUÑALADAS TRAPERAS DE MONSANTO
Hay que decir que la empresa de Saint Louis era muy buena en esto y que hay que pellizcarse para creer la historia que voy a contar. En efecto, el mismo día que se publicó el artículo de Chapela y Quist en Nature, el 29 de noviembre de 2001, una tal Mary Murphy, manifiestamente bien informada envía un correo electrónico a la página web a favor de los OGM AgBioWorld, en el que escribe: “con toda seguridad los activistas van a hacer correr el rumor de que de que el maíz mexicano ha sido contaminado por genes de maíz OGM. […] Hay que indicar que el autor del artículo de Nature, Ignacio H. Chapela, pertenece al directorio del Pesticide Action Network North America (PANNA), un grupo de activistas […] No es verdaderamente lo que se puede llamar un autor imparcial.”
Y el mismo día un tal Andura Smetacek envía a la misma página web un correo electrónico titulado “Ignatio (sic) Chapela: activista antes que científico”, en el que mentira más mentira menos dice:
“por desgracia, la reciente publicación por parte de la revista Nature de una carta (y no un artículo de investigación sometido al análisis de científicos independientes) del ecologista de Berkeley Ignatio (sic) Chapela ha sido manipulada por activistas contrarios a la tecnología (como Greenpeace, Amigos de la Tierra u Organic Consumers Association) y los medios de comunicación dominantes para alegar falsamente la existencia de enfermedades asociadas a la biotecnología agrícola. […] Una simple investigación en la historia de Chapela con estos grupos [eco-radicales] demuestra su colusión con ellos para atacar a la biotecnología, el libre-comercio, los derechos de la propiedad intelectual y otros temas políticos.”
En el momento en que empieza la “campaña de difamación” que acabará con la carrera de Ignacio Chapela un hombre “da por casualidad” con estos extraños correos. Se llama Jonathan Matthews y dirige GMWatch, un servicio de información sobre los OGM con base en Norwich, al sur de Inglaterra. “Entonces yo estaba haciendo una investigación sobre AgBioWorld”, me explica cuando lo conozco en noviembre de 2006, instalado como debe ser delante de su ordenador. “Era vertiginoso, los dos correos electrónicos enviados por Mary Murphy y Andura Smetacek se distribuyeron a 3.400 científicos apuntados en la lista de difusión de AgBioWorld. A partir de entonces creció la campaña y algunos científicos como el profesor Anthony Trewavas, de la Universidad de Edimburgo, pidieron a Nature que desautorizara el estudio o que se despidiera a Ignacio Chapela.”
-¿Quién está detrás de AgBioWorld?
-Oficialmente es una organización con fines no lucrativos que afirma “proporcionar información científica sobre la agricultura biológica a quienes toman las decisiones en todo el mundo” como proclama su página web – me responde Jonathan Matthews, demostrándomelo para corroborarlo -. La dirige el profesor Channapatna S. Prakash, director del Centro de Investigación sobre Tecnología Vegetal de la Universidad Tuskegee en Alamaba. De origen indio, es consejero de la USAID, la agencia estadounidense para el desarrollo internacional, como tal interviene regularmente en la Inda y África para promover la biotecnología. En 2000 se hizo célebre al lanzar la “Declaración de apoyo a la biotecnología agrícola”, que hizo que firmaran 3.400 científicos, entre ellos 25 premios nobel. En su página web no duda en acusar a los defensores del medio ambiente de “fascismo, comunismo, terrorismo, incluido el genocidio.”
Un día cuando yo estaba consultando los archivos de AgBioWorld, recibí un mensaje de error que me indicaba el nombre del servidor que alberga la página web: appollo.bivings.com. Ahora bien, el Grupo Bivings, con sede en Washington es una empresa de comunicación que cuenta entre sus clientes a… Monsanto y que se ha especializado en hacer presión a través de internet.
Y Jonathan Matthews exhibe un artículo publicado en 2002 por el periodista George Monbiot en The Guardian en el que se descubre que la empresa ha presentado sus “conocimientos y experiencia” en un documento colgado en la red y titulado “Marketing viral: cómo infectar al mundo.” “Para algunas campañas no es deseable e incluso es desastroso que el público sepa que su empresa está directamente implicada en ello”, explica a sus clientes. “En términos de relaciones públicas simplemente no es bueno. En este caso, en primer lugar es importante “escuchar” bien lo que se dice en la red […] Una vez que usted está bien impregnado de ello, es posible entrar en estas páginas web para presentar su postura haciendo creer que proviene de una tercera persona […] La gran ventaja del marketing viral es que su mensaje tiene más posibilidades de ser tomado en serio.” En su documento, indica el periodista de The Guardian, Biving cita a un “directivo de Monsanto” que “felicita a la empresa” por su “excelente trabajo.”
-¿Sabe quiénes son Mary Murphy y Andura Smetacek? – pregunté a Jonathan Matthews con la impresión de estar sumida en plena novela policiaca...
-¡Ah! – me responde el director de GMWatch con una sonrisa -. Como bien resumió The Guardian, al que transmití mis descubrimientos, ¡se trata de “fantasmas” o “ciudadanos ficticios”! Pasé mucho tiempo buscando quiénes eran esas dos científicas que habían desencadenado la campaña contra Ignacio Chapela. Por lo que se refiere a Mary Murphy, envió por lo menos mil correos a la página web de AgBioWorld. Sobre todo colgó en la red un falso artículo de la agencia Associated Press que critica a los “activistas en contra de los OGM.”
Cuando nos remontamos a la dirección del servidor del que depende su dirección electrónica, se obtiene: ¡Bw6.Bivwood.com! Por lo tanto ¡“Mary Murphy” es una empleada de la agencia Bivings! Por lo que se refiere a “Andura Smetacek”, me dije que debía ser fácil encontrar a una científica con un nombre tan poco común, tanto más que ella pretendía escribir desde Londres. Fue sobre todo ella quien inició una petición de encarcelamiento de José Bové. Escudriñé el anuario electrónico, el registro electoral y de las tarjetas de crédito, pero imposible encontrar sus huellas… Contraté a un detective privado en Estados Unidos, pero tampoco encontró nada. Finalmente escudriñé los detalles técnicos de la parte inferior de sus correos que indican la dirección del protocolo de internet: 199.89.234.124. Al copiarla en un anuario de las páginas web de internet, se encuentra: “gatekeeper2.monsanto.com”, con el nombre del propietario, ¡“compañía Monsanto de Saint Louis”!
-En su opinión, ¿quién se ocultaría detrás de “Andura Smetacek”?
-George Monbiot, de The Guardian, y yo pensamos que se trata de Jay Byrne, que fue responsable de la estrategia de internet de Monsanto. Durante una reunión con unos industriales celebrada a finales de 2001 declaró lo siguiente: “Hay que considerar internet un arma que esta sobre la mesa: o se apropia usted de ella o se la apropia su competencia; en ambos casos uno de los dos morirá.”
-Falsos científicos y falsos artículos, ¡es increíble!
-Sí – me responde Jonathan Matthews -son auténticas puñaladas traperas que representan exactamente lo contrario de las cualidades que Monsanto afirma encarnar en su The Pledge: “Dialogo, transparencia y reparto”… Estos métodos descubren a una empresa que no tiene el menor deseo de convencer con argumentos y que está dispuesta a todo para imponer sus productos en todo el mundo, incluso destruir la reputación de todos aquellos que puedan suponerle un obstáculo.
UN “PODER ABSOLUTO”
Mientras tanto la “conspiración”, por decirlo en palabras de la revista The Ecologist, dio sus frutos: el 4 de abril de 2002, tras exigir en vano que los autores se retractaran, Nature publicaba una “nota editorial inusual” que constituye una “retracción sin precedentes” en los cinto treinta y tres años de existencia de la respetable revista: “las pruebas disponibles no son suficientes para justificar la publicación de artículo original”, escribe. “Único en la historia de la edición técnica”, este rechazo crea un cierto revuelo en el microcosmos científico internacional: “esto da una muy pobre imagen de la línea editorial y del proceso de revisión de Nature”, se extraña Andrew Suarez de la Universidad de Berkeley, en una carta al director. “En ese caso, ¿por qué Nature se niega a proceder a realizar retractaciones similares para publicaciones anteriores que han resultado ser incorrectas o susceptibles de ser interpretadas de otra manera?”
Miguel Altieri, otro investigador de Berkeley, sugiere la respuesta a esta pregunta, “la financiación de Nature depende de las grandes empresas”, asegura. “Mire la última página de la revista y verá quién paga los anuncios de contratación: el 80% son empresas tecnológicas que pagan de 2.000 a 10.000 dólares por anuncio…”
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